El sol cae con fuerza sobre el bosque seco de Piura. La luz se filtra entre algarrobos y palo santo, iluminando un paisaje donde la tierra clara y el viento forman parte de la rutina. En ese territorio áspero, dos mujeres caminan con la convicción de que el bosque también depende de ellas.
En este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, sus historias revelan una forma de resistencia que ocurre lejos de los titulares, pero muy cerca de la tierra que defienden. Son historias de vigilancia, de aprendizaje y de persistencia en uno de los ecosistemas más frágiles del norte del Perú.
Una de esas historias es la de Gladys Huaman García, de 27 años. Estudia en la Universidad de Piura y es guardaparque voluntaria en el Área de Conservación Bosque Seco Salitral Huarmaca. Su vínculo con el bosque, sin embargo, comenzó mucho antes de la universidad.
Su padre, reconocido en su comunidad, le transmitió el respeto por este ecosistema. Ese legado hoy se refleja en patrullajes intersemanales para detectar tala ilegal y en la coordinación con el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor) y la Policía cuando aparecen amenazas contra especies como el palo santo, el angulo, el algarrobo o el charán.
—No lo hacen de una manera sostenible, sino de una manera indiscriminada, lo cual atenta contra nuestro bosque— advierte.
Pero su trabajo no se limita a vigilar. Gladys participa también en proyectos de reforestación y en actividades que buscan recuperar las tradiciones y el vínculo cultural entre la comunidad y el bosque. En esas jornadas, hombres y mujeres trabajan juntos, aunque ella destaca el papel que cumplen las mujeres dentro del equipo.
—Las mujeres somos la fortaleza— dice, al referirse al compañerismo y al “calor humano” que se genera en el campo.
Su interés por la conservación comenzó cuando tenía apenas 11 años. En ese momento se desarrollaban esfuerzos para recuperar la pava aliblanca, un ave endémica que durante años se creyó extinta. Aquella experiencia despertó su curiosidad y la motivó a involucrarse en el cuidado del bosque.
También conoció la historia de mujeres que habían abierto camino antes que ella, como Valentina Garay, Margarita Garay y Marlene Lara, quienes enfrentaron el machismo y la resistencia social para defender el territorio.
—La mujer se está empoderando— afirma Gladys, convencida de que el trabajo femenino en el campo merece mayor reconocimiento.
A varios kilómetros de allí, en el caserío de Mangamanguilla, Reina Gómez León también mantiene una relación profunda con el bosque seco. Tiene 55 años y preside la Asociación de Mujeres Conservacionistas Emprendedoras de los Bosques Secos.
Su historia, como la de Gladys, está marcada por el legado familiar. Su padre fue un líder en la comunidad que le inculcó el respeto por el bosque como parte de la herencia de sus antepasados.
Con ese aprendizaje, Reina impulsó una iniciativa que combina conservación y generación de ingresos. Junto con su asociación firmó un convenio con la Asociación de Agricultores Mangamanga para conservar el bosque y utilizar sus recursos de manera sostenible.
El trabajo se centra en el uso del palo santo que ya ha caído naturalmente. Con esa madera elaboran artesanías como aretes, llaveros y tallados. También hilan y tejen fibras vegetales y nativas.
El proceso no fue fácil. Un biólogo de Piura le enseñó a elaborar aretes y, con ese conocimiento, Reina convocó a doce mujeres para iniciar un emprendimiento. Con el tiempo, muchas abandonaron el proyecto. Ella decidió continuar.
—Yo siempre fuerte ahí seguía adelante— recuerda.
Hoy la asociación reúne a 16 mujeres y 10 hombres. La venta de artesanías le permitió incluso financiar la educación universitaria de su hija en la Universidad Nacional de Piura.
Pero la labor de Reina no termina en el trabajo artesanal. Junto a su organización realiza patrullajes tres veces por semana para evitar la tala ilegal de palo santo.
—Nosotros lo estamos conservando, nosotros estamos cuidando para tener ingreso, y que venga personas de afuera y se lo lleven— denuncia, al referirse a quienes ingresan al bosque para extraer madera.
La rutina de estas mujeres comienza mucho antes de que salga el sol. A las tres de la mañana ya están despiertas para cumplir con sus tareas domésticas antes de salir al bosque.
—Las mujeres no podemos ir solas al bosque— explica Reina.
Por eso las patrullas se realizan en grupo. Con el apoyo de organizaciones como el Plan Binacional y Junkawasi, la asociación logró equiparse con walkie-talkies, binoculares, cámaras fotográficas y GPS para mejorar la vigilancia del territorio.
Además, la organización involucra a estudiantes de secundaria y niños de primaria a quienes llaman “Héroes del Bosque”, con el objetivo de formar nuevas generaciones comprometidas con la conservación.
Reina admite que hasta hace pocos años no conocía completamente el bosque que ahora protege. Hoy lo defiende con la convicción de que su preservación es fundamental para la vida de la comunidad.
—El bosque es vida, es amor— dice.
Las historias de Gladys y Reina muestran cómo, en el norte del Perú, la defensa del bosque seco también tiene rostro de mujer. Ambas han enfrentado incredulidad, amenazas y prejuicios, pero su perseverancia ha logrado movilizar a sus comunidades.
En este 8 de marzo, sus experiencias recuerdan que la conservación del ambiente también pasa por reconocer el liderazgo femenino y el papel que muchas mujeres desempeñan en la protección de los ecosistemas.
Desde el corazón del bosque seco, ellas continúan caminando, patrullando y enseñando que cuidar la naturaleza también es una forma de construir futuro.