Norte Sostenible

Peregrinos, el proyecto transmedia que se publicará en agosto del 2025

Texto: Ralph Zapata/ Fotos: Sebastián Castañeda

Llegarán escaldados, achicharrados por el sol, con los pies ampollados, muertos de cansancio, pero con su fe intacta. Se arrastrarán por las calles empedradas de Ayabaca, raspándose los codos y las rodillas y el cuerpo entero, pero lo harán como quien se lanza con un paracaídas: sabiendo que todo estará bien. Que si uno lo ha perdido todo, o está a punto de perderlo todo, qué más da. 

En octubre sí hay milagros. Lo saben los peregrinos del Señor Cautivo de Ayabaca que caminan cientos de kilómetros todos los años, con el propósito de escalar hasta la morada del Cristo moreno, a quien atribuyen curaciones, bendiciones, milagros. Se trata de una de las peregrinaciones más multitudinarias y trascendentales de Latinoamérica. 

El fotógrafo Sebastián Castañeda ha retratado esta peregrinación durante más de una década. Incrédulo al inicio, ahora –años después y con una hija que es su paz– confiesa que sí cree. A su manera. «Hacer fotografías del Cautivo me ha demostrado un mundo de fe que me vincula a los peregrinos. Creemos y nos comprometemos para perseguir eso que nos motiva», dice en medio de un viaje hacia Ayabaca. 

Todos, de alguna manera, somos peregrinos y tenemos fe. Esa fuerza invisible que nos motiva a aferrarnos en medio del caos que es la vida misma. «Porque felizmente (pensaba) el hombre no está solo hecho de desesperación sino de fe y esperanza; no solo de muerte sino también de anhelo de vida; tampoco únicamente de soledad sino de momentos de comunión y amor. Porque si prevalece la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede», dice el escritor argentino Ernesto Sábato.

Eso también hemos pensado las veces que hemos caminado al lado de los peregrinos. Que la fe surge de una pregunta: ¿por qué caminas? La respuesta es el disparador de un viaje que, en algunos casos, dura medio año o más. Hay peregrinos que inician su travesía desde Tacna, Camaná, Lima, Ica, e incluso desde los vecinos países de Chile, Bolivia, Ecuador y Colombia.  

“Viajar es, por supuesto, la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que te falta a otros lugares”, escribe el cronista argentino Martín Caparrós. ¿Qué nos falta?, ¿por qué caminamos? Pensaba en estas preguntas mientras cruzaba el desierto con los peregrinos, como un peregrino más. Intentaba descifrar sus motivaciones, las razones de su sacrificio.

Y, solo después de haber caminado como uno de ellos, puedo decir que sus deseos no son riquezas terrenales, sino algo más simple y esencial: salud y trabajo. No piden dinero, glamur, posición social, lujos o una vida de excesos. Su vía crucis, caminando bajo un sol que es como un martillo invisible, o con lluvia que vuelve los caminos resbalosos, está incentivado por el pedido de una vida sin enfermedades. 

«Peregrinos» es el título del libro que publicaremos en agosto del 2025, gracias al estímulo económico del Ministerio de Cultura. Pero no solo es un libro, sino un proyecto transmedia que expondrá la dimensión de una fe que congrega cada 13 de octubre a miles de peregrinos. Este es un adelanto del proyecto. 

«Desde lejos he venido/ Desde lejos he venido/ para ver a mi Cautivo/ para ver a mi Señor».

Canción entonada por los peregrinos

Avanzamos, firmes, con el cuerpo perdiendo fuerzas a cada paso que damos, pero fieles a nuestra meta. En el trayecto volvemos a desviarnos hacia la pista. Camino al lado de Yolanda Díaz Moscol, de 43 años. Es su segundo año de peregrinación. Viste ropa deportiva, y guarda una gran historia de fe. Dice que a su primer hijo, apenas nacido, lo desahuciaron en el hospital Cayetano Heredia de Piura. Le dijeron que padecía una enfermedad rara, que destrozaría sus pulmones en poco tiempo.

Ella, incrédula al inicio, paseó a su hijo por el Hospital del Niño, el hospital Loayza y en clínicas privadas. Todos le daban el mismo diagnóstico. Por eso lo retornó al Cayetano Heredia, donde lo internaron en cuidados intensivos. Se había resignado a esperar la muerte de su hijo. Pero una promesa al Cautivo le cambió su vida. Prometió que si le salvaba a su primogénito caminaría todos los años de su existencia hasta Ayabaca.

– No entiendo cómo, después de varias semanas, los médicos del Cayetano Heredia volvieron a examinarlo y me dijeron: “Señora, su hijo no tiene nada. Puede llevárselo”.

El camino aún es largo: cruzarán el río Cerén, Santa Julia, Chilcal, Gualtaco, Cruceta, San Carlos, San Francisco, Puerto Pulache, Paymas. Seguirán hasta El Sauce, El Higuerón, Culqui, y Paymas, donde dormirán. Luego avanzarán a Montero y el quinto día subirán a Ayabaca.

Son las 3 y 30 pm y solo vemos una pista larga, como una culebra, flanqueada por empresas agroindustriales chilenas. Pasan ómnibus que trasladan gente que se dedica a cultivar la uva o el pimiento piquillo. Detrás de nosotros viene otra hermandad de peregrinos. Le preguntamos si falta mucho para llegar a Terela. Nos dicen que sí, pero nos animan a seguir el viaje.Pasamos más algarrobos secos, doblamos por el costado de una empresa agroindustrial, me hinco no pocas veces con espinas de algarrobos, atravesamos el mismo desierto árido que nos persigue desde que salimos de Río Seco.

Y por fin, ya casi sin fuerzas, llegamos hasta un descanso. Es un algarrobo que ha sido acondicionado con cartones y un techo de sacos de polietileno. Me lanzo al piso. Me saco las zapatillas y la camisa y estiro mis pies. Tengo roja la plantilla de mis pies. Y ampollas. Y mi cabeza que parece recibir golpes con un martillo invisible.

Llegamos, y sin fuerzas digo: misión cumplida. Fue un buen inicio. Allí, dentro de la iglesia, nos sacamos los zapatos, cargamos los celulares y descansamos un rato. De pronto el sonido de los tambores nos despierta. “Ya llegóóó/ ya está acá/ la hermandad Virgen del Carmen/ que ha venido a ver a Cautivo/ y a cantarle con todito el corazón”. Tres niños destacan en la banda de músicos: uno vestido con un polo de Angry birds, que toca el güiro; otro con polo verde que lo usa manera de bufanda, toca charango; y un último que con dos maracas rojas se menea como rockero.

¿Qué motiva a una persona a caminar cientos de kilómetros, a arrastrarse cual culebra?, ¿por qué soporta dolor físico, hambre, frío, lluvia, sol abrasante?

Cuando terminan los cánticos viene la adoración. Los fieles besan los tirantes amarillos del Señor Cautivo. Tocan su manto. Lo miran a los ojos y se dan la vuelta. Otros se quedan a implorarle en silencio. A pedirle por algún familiar enfermo.

Su sacrificio no será en vano, porque tendrán el privilegio de ver cara a cara al Señor Cautivo de Ayabaca, esa imagen que –según cuenta la leyenda– fue tallada en 1751 en un tronco de cedro por tres misteriosos hombres, que se cree fueron ángeles enviados por Dios.

La efigie ha soportado temblores y fuertes lluvias, y cada 13 de octubre sale en procesión acompañada por miles de fieles que llegan de diferentes partes del país y de tierras lejanas como Ecuador, Bolivia, Colombia y Chile. Enormes colas se forman antes en el templo de Ayabaca: fieles y peregrinos aguardan su turno para acariciar el manto púrpura del Cristo moreno.

La lucha constante entre el escepticismo y la fe son parte circular de ese camino difícil que es la vida.

La ciudad será una feria en las alturas: la plaza estará llena de turistas, fieles y curiosos; habrá bocadillo (un dulce preparado con extracto de caña de azúcar y maní) y vino hervido; castillo y fuegos artificiales. Pero también cánticos al Cautivo, oraciones, súplicas, olor a incienso y a tierra mojada por la lluvia. Se respirará sudor, lágrimas, dolor, esperanza.

Una esperanza que se renovará cada año, con mayor ímpetu, y que seguirá andando en los pies y en el corazón de cada peregrino, niño, joven, adulto mayor, mujer, que haya sido testigo de un milagro. O que, tras haber probado diferentes métodos, se entregue a la devoción púrpura. Un color que envuelve una tradición considerada patrimonio cultural de la Nación.

Al final, entenderán –entenderemos– que el viaje es ese camino lleno de obstáculos y peligros que nos conduce hacia la redención. Hacia nuestra propia redención.

En octubre miles de peregrinos caminan, bajo el sol abrasante, con lluvia y padeciendo calambres, hasta el templo del Señor Cautivo de Ayabaca, una imagen a la que le atribuyen milagros y salvaciones. Incrédulo al inicio, el fotoperiodista Sebastián Castañeda ha retratado esta festividad religiosa, que es una de las peregrinaciones más importantes de Latinoamérica. En agosto del 2025 publicará el proyecto transmedia «Peregrinos». Este es un adelanto en exclusiva.

12 octubre, 2024