En el paisaje árido del norte peruano, donde el sol cae con fuerza y las lluvias son impredecibles, hay un árbol que ha aprendido a resistir. Sus raíces profundas buscan agua en la tierra seca y su copa amplia ofrece sombra al ganado, refugio a las aves y sustento a cientos de familias. Es el algarrobo, especie emblemática del bosque seco de Piura.
Cada marzo, la región celebra la Semana de la Algarrobina, una oportunidad para mirar de cerca la relación histórica entre este producto y la vida en el norte del país. Pero detrás del simbolismo también hay cifras, desafíos y decisiones urgentes para asegurar su futuro.
Piura alberga el ecosistema de bosque seco tropical más importante del Perú. Aproximadamente el 72 % de los bosques secos del país se encuentran en esta región, con 1,793 860 hectáreas, lo que representa alrededor del 50 % del territorio regional.
Este ecosistema no solo es único por su biodiversidad, donde destacan especies como el algarrobo, el faique, el palo santo y el sapote, sino también por su importancia ecológica y económica para miles de familias rurales. Sin embargo, el panorama no es completamente alentador.
Según el Diagnóstico Forestal Regional (Kometter, 2012) se estima que más de 540 mil hectáreas de bosque ya han sido deforestadas en Piura, principalmente por el cambio de uso del suelo, la expansión agrícola y la extracción no sostenible de recursos forestales. Además, los estudios de desertificación del GORE Piura señalan que el 30% de los suelos agrícolas muestran signos de erosión o salinización. A esta presión se suma el cambio climático, con altas temperaturas, sequías prolongadas y menor regeneración natural.
Roberto Fernández, administrador técnico forestal y de fauna silvestre del SERFOR, recuerda que la presencia del algarrobo es clave para mantener el equilibrio del ecosistema.
“El algarrobo es una especie emblemática del norte del Perú. No solo tiene importancia económica o medicinal; también ayuda a conservar el bosque seco, protege la fauna y contribuye a mantener los recursos hídricos”, explica.
La cadena de valor de la algarroba
Más allá de su valor ecológico, el algarrobo es también una fuente de ingresos para muchas comunidades rurales. De sus vainas, conocidas como algarrobas, se obtiene una amplia variedad de productos que integran una cadena de valor en crecimiento: algarrobina, harina de algarroba, sucedáneo de café, caramelos tipo toffee, bebidas y otros derivados.
La algarrobina, jarabe oscuro y dulce elaborado a partir de la vaina del árbol, se ha convertido en el producto más importante. Además de su consumo tradicional en bebidas y postres, su uso se expande hacia la industria alimentaria.
El potencial económico es amplio. Estudios académicos destacan que la algarroba puede transformarse en harinas finas, semillas procesadas, harinas tostadas o sustitutos del café, ampliando las oportunidades comerciales del bosque seco.
En Piura, las autorizaciones forestales reflejan la importancia de esta cadena productiva. En los últimos años se han registrado más de 4,8 millones de kilos de algarroba en vaina autorizados para aprovechamiento, además de más de 31 mil metros cúbicos de madera de algarrobo, principalmente en provincias como Morropón, Piura y Sullana, y distritos como Chulucanas, La Matnaza, Sullana, Tambogrande y Buenos Aires.
Pero el aprovechamiento del algarrobo no siempre implica talar el árbol. En muchos casos, el recurso principal es la vaina, que se recolecta de manera natural. Para garantizar la sostenibilidad del bosque, las actividades de extracción deben seguir planes de manejo forestal que regulan qué árboles pueden aprovecharse y cuáles deben conservarse.
Williams Arellano, jefe del Organismo de Supervisión de los Recursos Forestales y de Fauna Silvestre (OSINFOR), explica que este proceso comienza con una planificación técnica.
“Los ingenieros forestales identifican qué árboles deben permanecer en el bosque porque tienen las mejores condiciones para convertirse en fuentes semilleras. También determinan las prácticas silviculturales que acompañarán el aprovechamiento para asegurar que el bosque se mantenga productivo”, señala.
El especialista añade que todo aprovechamiento debe estar respaldado por instrumentos de gestión forestal y por documentos que garanticen el origen legal del recurso.
El desafío de la formalización y la asociatividad
A pesar del potencial económico, muchos pequeños productores aún enfrentan dificultades para formalizar sus actividades forestales. En muchas zonas rurales de Piura, los propietarios poseen pequeñas áreas de bosque, lo que dificulta asumir los costos de un plan de manejo forestal.
Para Arellano, la solución está en la organización colectiva.
“Necesitamos orientar a nuestros pequeños productores hacia la asociatividad. Si varios productores agrupan sus áreas, pueden consolidar superficies mayores, ofertar más volumen al mercado y hacer rentable el manejo forestal”, explica.
El funcionario añade que el reto no se limita al manejo del bosque. También es necesario avanzar hacia la industrialización de los productos derivados del algarrobo, para generar mayor valor agregado.
“Un productor puede aprovechar su recurso, pero si logra transformarlo, por ejemplo, en algarrobina o harina, puede obtener mejores ingresos”, señala.
Amenazas sobre el bosque seco
A pesar de su importancia ecológica y económica, el bosque seco enfrenta múltiples amenazas. Según cifras del Ministerio del Ambiente (MINAM), al 2022 se reporta que el 24,4 % del área total de bosque seco se encuentra degradada. Esta situación responde principalmente a la tala ilegal, la producción informal de carbón vegetal, la expansión agrícola y ganadera, los incendios forestales y el cambio de uso del suelo.
Entre las zonas más críticas se encuentran Huancabamba, Ayabaca y Morropón, donde las cabeceras de cuenca presentan altos niveles de degradación; Sechura y Sullana, afectadas por el sobrepastoreo y el avance de la desertificación; y Piura Metropolitana, donde la expansión urbana y la acumulación de residuos sólidos han acelerado el deterioro del bosque seco.
Investigaciones académicas también advierten sobre la reducción en la producción de algarroba en los últimos años y sobre episodios de mortandad de algarrobos en algunos sectores del norte peruano.
Según Roberto Fernández, actualmente existen solo dos puestos de control forestal en la región, ubicados en Bayóvar y La Matanza, para vigilar 36 rutas identificadas utilizadas para el transporte ilegal de madera de algarrobo. Esta limitada capacidad de control se ve agravada por las estrategias que emplean los traficantes: en muchos casos, la madera es convertida en carbón vegetal dentro del propio bosque, lo que dificulta su identificación durante el traslado y facilita su comercialización ilegal
Las lluvias intensas, asociadas a fenómenos climáticos extremos, también pueden afectar la regeneración del bosque. Según Fernández, cuando las precipitaciones son constantes se produce un lavado de los minerales del suelo, lo que reduce los nutrientes disponibles para la vegetación y dificulta su crecimiento.
Fiscalización y tecnología para proteger el bosque
Ante estos desafíos, las autoridades forestales han reforzado las labores de supervisión. El OSINFOR cuenta con 5 supervisores en todo Piura para llevar a cabo labores de fiscalización. Además, entre 2022 y 2025 realizaron 24 supervisiones forestales, abarcando alrededor de 5 mil hectáreas de bosque seco.
Estas supervisiones buscan verificar que se cumplan los planes de manejo forestal, que los árboles autorizados se mantengan en pie cuando corresponde y que los productos tengan un origen legal. El uso de tecnología ha permitido ampliar el alcance de estas acciones. Drones, imágenes satelitales y herramientas de análisis digital se utilizan para detectar posibles irregularidades y fortalecer la fiscalización.
“Cuando un productor cumple con la normativa y realiza buenas prácticas, recibe una constancia de cumplimiento. Esto le permite acceder a beneficios y posicionar sus productos en mercados que valoran el origen sostenible”, señala Arellano.
A pesar de los desafíos, especialistas coinciden en que el algarrobo sigue siendo una oportunidad para el desarrollo sostenible del norte peruano. El fortalecimiento de la investigación científica, la formalización de los productores y el impulso a los derivados de mayor valor agregado son algunos de los caminos para garantizar su futuro.
En el bosque seco de Piura, el algarrobo continúa resistiendo. Sus raíces sostienen la tierra frente al avance del desierto y sus frutos siguen alimentando economías locales. Su futuro, sin embargo, dependerá de la capacidad colectiva para proteger el bosque que lo vio crecer.
Foto: cortesía Universidad de Piura