Por: Andy Garay
La cuadra ocho de la calle Lima, frente a la Plaza Tres Culturas, en Piura, se ha convertido en una cochera. Desde las cinco de la tarde, las retroexcavadoras, grúas y rodillos ꟷesos enormes animales de aceroꟷ se estacionan y el tránsito se restringe. Todo sigue roto ahí. No hay señales de avance, nada. Pedro Lagos Maldonado ꟷ74 años, vecino, jubilado y sobreviviente de un accidente cerebro vascularꟷ ha contabilizado «91 días sin trabajos en la cuadra». Él lleva el registro de lo que considera hasta ahora un infierno en la tierra.
ꟷSolo amontonan sus máquinas y nos siguen engañando con esas dos cuadritas que han hecho. A nosotros nos han fregado los negocios. Imagínate, tenemos familia ꟷdice José Jabo Ortega.
Tiene 82 años. Es pequeño, cabello cano y de mirada triste. Vive en el asentamiento humano San Martín, pero cada día viaja hasta la cuadra ocho de la calle Lima, donde trabaja haciendo duplicados de llaves en la entrada angosta de una quinta. Antes iba en bicicleta, ahora debe tomar un bus. Le preocupa su integridad.

Hace dos meses cayó en una zanja de la obra que se ejecuta en la avenida Grau, un proyecto valorizado en S/ 41. 5 millones y administrado por el Gobierno Regional. Regresaba a casa después de trabajar. El agujero no estaba señalizado. Desde entonces perdió parte de la audición y tiene dificultades para hablar.
ꟷMe fui de cara, de muelas como se dice. La quijada fue la que sufrió. Mi oído sangraba. Tuvieron que llevarme al Hospital Santa Rosa de emergencia ꟷdice Jabo.
Él camina con cautela, como si el centro de Piura se tratara de un campo minado que no reconoce.
ꟷEso es: un campo minado ꟷañade.
No es el único que lo piensa. Un vecino de la quinta se asoma lentamente por el pasadizo, incómodo. Es Wilfredo Tacamura, de 77 años, aunque aparenta más. Tiene la mirada seria y el rostro surcado de arrugas. José lo llama, con afecto, «papá», y él apenas asiente.
ꟷEs el primero que se preocupa, ¿sabe? Nadie, nadie ha venido acá a hablar con nosotros ꟷdice Wilfredo.
Golpea la pared y señala hacia la calle. Bajar es difícil para él. «Casi todos en la quinta hemos caído. Mira, una señora se puede caer», alza la voz. Dice que el gobierno regional se ha burlado de ellos. No dan la cara. Tampoco la municipalidad se ha acercado. Los vecinos deben reclamar para sentirse escuchados.
Cuando empezó la obra, cuenta Wilfredo, los trabajadores colocaron frente a la quinta un baño portátil. José Jabo tuvo que exigir que lo retiraran. No podían soportar el olor a orina y heces.
ꟷ¿Cómo puede ser eso posible? Todo estaba tranquilo. Ahora vivimos de milagro. Las autoridades hacen de las suyas, el gobierno regional y la alcaldía hacen lo que quieren. Don Jabo tuvo que pedir el escalón de madera para que nosotros recién podamos subir.
ꟷDe verdad, quisiera quedarme en casa ꟷdice Jaboꟷ. Pero, desgraciadamente, tengo que trabajar. De esto se vive.
Señala su máquina duplicadora de llaves.
ꟷDe esto se vive ꟷrepite.
Las casas de la Calle Apurímac
No son los únicos adultos mayores que cargan con los malestares de la obra. En la calle Apurímac, a un lado del nuevo local de Saga Falabella, vive otra familia de adultos mayores: el clan Araujo. Son siete personas y ocupan una casa de un solo piso.
Desde la entrada, Isabel Araujo Ramirez, de 63 años, observa la vía convertida en tierra y polvo. No puede bajar a la calle, sin apoyarse o ser ayudada por sus sobrinos. Se queda de pie, lo más cerca que puede, para atenderme. El suelo que pisa parece levitar, un hueco ꟷproducto de la demolición de veredasꟷ lo ha dejado suspendido.

ꟷTengo un hermano que usa bastón y debemos tener cuidado con él cuando sale. Todos los días hay que ayudarle para que no se caiga. Yo misma casi me he caído. Los obreros se llevaron el tablón que servía de acceso con la promesa de traer otro, pero nunca lo hicieron.
A Isabel le inquieta su hermano. Le gusta salir a caminar, pero la obra ha interrumpido su rutina. Ahora, sin embargo, su preocupación es otra: la casa. Sus ojos, marcados por profundas ojeras, recorren la fachada de su casa. La pintura durazno está cuarteada y deja al descubierto el cemento.
ꟷMira ꟷdice.
Su dedo índice apunta al techo.
ꟷLa aplanadora ha removido la tierra y mire cómo ha dejado el techo. Hay rajaduras, pero no harán nada. ¿A quién puedo responsabilizar de esto?
Su hermano, Enrique Araujo Ramirez (69 años), también se siente incómodo.
Es alto y delgado. Tiene el cabello cenizo y apenas le quedan dientes en la boca. Encorvado y casi en cuclillas, lo encuentro preparando una mezcla de arena con cemento. Me explica que está resanando la pared de la casa de quincha de sus vecinas, donde la obra ha dejado al descubierto las bases.
ꟷViven dos señoritas aquí, son dos hermanas. Tienen miedo, porque los volquetes remecen los cimientos cuando pasan. Ya van cuatro meses desde que rompieron las veredas ꟷdice Enrique.

ꟷ¿No se han preocupado los ingenieros?
ꟷNada, amigo, nada. A los ingenieros no les importa. Con ellos no es ꟷresponde fastidiado.
Él regresa a su trabajo. Prefiere terminar lo antes posible. Dice que mañana el movimiento puede ser el mismo o peor. «No se sabe con los ingenieros», sentencia.
Hablan los especialistas
Para la psicóloga Caridad Ruesta Maticorena, coordinadora del Servicio Psicopedagógico de la Universidad de Piura (UDEP), la situación representa un «atentado contra la vida, contra la seguridad física y mental de los adultos mayores». Sostiene que ese miedo constante a caerse genera una invalidez emocional, que impide a los adultos mayores volver a salir.
ꟷEl adulto mayor pierde progresivamente la capacidad de adaptación. Por eso, les resulta difícil adaptarse a este cambio, que ha sido brusco, porque están acostumbrados a sus rutinas. Depender de otros les va a costar. No quieren sentirse como una carga. Eso afecta su autoestima y su capacidad de decidir por sí mismos.
Además, advierte que las autoridades deben ser más empáticas con la población vulnerable. Por la falta de socialización, los adultos mayores no se sienten escuchados, sino aislados y burlados.
La autoridad es la cabeza de una población. Deben pensar en la población, mucho más en estos adultos mayores, que la mayor parte vive en esas áreas.
Caridad Ruesta Maticorena, coordinadora del Servicio Psicopedagógico de la Universidad de Piura (UDEP)
El 12 de febrero, a partir de las cinco de la tarde, durante el foro técnico y multisectorial, organizado por la Cámara de Comercio y Producción, se abordó el impacto de la obra en el centro de Piura. Durante el evento se mostró la preocupación de no haber considerado a la persona humana como el centro de las decisiones tomadas por la Municipalidad, el Gobierno Regional y el Consorcio Diamante JUBERS SAC.
ꟷEs lamentable ver cómo no se ha tenido un plan de contingencia. Hablamos de la seguridad, la salud pública. ¿Qué pasa si hay un incendio en una de las casas que está afectada por esta obra? ¿Cómo ingresa una ambulancia? No hay un plan. Hay un riesgo referente a la salud pública ꟷcuestionó la arquitecta Esdmilda Martínez Hidalgo.
Walter Galecio, jefe de la Oficina Defensorial en Piura, precisó que se han vulnerado los derechos de las personas: «el derecho a la salud pública, el derecho al libre tránsito y el derecho al trabajo».
ꟷSabemos que dentro del centro hay personas vulnerables: personas mayores de edad, niños, niñas, mujeres en estado de gestación. Tenemos que prevenir eso. No podemos esperar que pase un accidente para tomar acciones. […] Esto se debió manejar dentro de los planes de contingencia, seguridad ꟷfinalizó.